Interrogantes que van más allá de las elecciones

Por Eric Ritondale, Director de Econviews                         

Tras la crisis cambiaria del año pasado, el tipo de cambio real desde octubre de 2018 se ha estabilizado en un rango entre 25% y 35% más depreciado que durante el período 2016-17. Este resultado se sostiene hasta hoy, aún a pesar de que la dolarización de carteras privadas por parte de residentes y no residentes es intensa en lo que va del año y, probablemente, seguirá así al menos hasta las elecciones.

En efecto, en los primeros cuatro meses del año acumula u$s7,5 mil millones, frente a u$s5,4 mil millones en igual período de 2011, antes de las últimas elecciones presidenciales sin cepo cambiario.

De mantenerse la tendencia, rondaría los u$s25 mil millones en 2019, el segundo mayor registro de las últimas décadas, aunque aún detrás del máximo de u$s33,5 mil millones acumulado en 2018 durante la crisis cambiaria.

No obstante, las subastas de dólares del Tesoro, la amenaza del Banco Central de poder intervenir tras el visto bueno del FMI y la buena performance de las exportaciones agrícolas, hasta ahora han logrado “domar la fiera”. Pero, aún tras atravesar las elecciones de octubre, la pregunta de mediano plazo persiste: ¿el tipo de cambio real actual es sostenible y compatible con el crecimiento sostenido en los próximos años?

Aunque obvia, la respuesta depende crucialmente de que retorne la confianza y el financiamiento voluntario. Si la economía crece a un ritmo anual del 3% en los próximos cuatro años, en el año 2023 se van a importar unos u$s27 mil millones más que en 2019. Una buena parte va a provenir de las exportaciones. Que crezcan, y lo más rápido posible, es una condición necesaria para volver a crecer en forma sostenida. Pero no la única.

El regreso del crédito y la confianza es central. La buena noticia para ello es que el ajuste fiscal está en marcha y es importante. Lo malo es que el año electoral impide hasta ahora cosechar sus frutos. Es decir, que el ajuste fiscal se traduzca en una compresión del riesgo país que, en algún momento y bajo otras condiciones, pueda significar la vuelta del crédito.

Habrá que esperar al año 2020, pero no solamente a que pasen las elecciones. Hace falta mucho más que eso. En particular, seguir dando señales de compromiso fiscal a mediano plazo. No solamente por parte del nuevo gobierno, sino en acuerdo con el Congreso y, sobre todo, los gobernadores.

Sin el regreso de la confianza y el crédito, a partir del año próximo va a ser realmente muy difícil ya sea volver a crecer o, incluso, sostener el actual tipo de cambio real. Hay espacio para el optimismo a mediano plazo, pero para ello el nuevo gobierno deberá actuar rápido, dando señales de compromiso que sean contundentes.-