Claudio Zuchovicki: ¿qué sabemos?

Esta semana sabemos al menos cuatro cosas.

 1.Argentina toda tiene déficit fiscal y todavía no hay voluntarios a financiarlo.

 2. El nuevo gobierno va armar una gran mesa de consenso social.

 3. Quien no esté en esa mesa de consenso o negociación, será seguramente el que más chances tiene de ser designado para financiar involuntariamente el déficit fiscal y si no alcanza será con emisión.

4. Todos van a intentar entonces, demostrar su poder de representación para estar en esa mesa de negociación.

Amigos, empieza un par de semanas donde los que dicen representar a mucha gente (y todos sabemos que no) van a mostrar su poder de daño (ya no hay mucho poder de construcción) para estar sentados en una mesa de negociación, donde un par de iluminados que ganen esa puja por estar ahí, decidirán quien recibe y quien paga.

El resto a esperar. Mientras le dejo un cuento:

Cuenta la historia que el Rey de Siam (actualmente Tailandia) acostumbraba a regalarle un elefante blanco a los súbditos con los que estaba molesto, los cuales debían darle comida especial y permitirle al resto que pudieran venerarlo en visitas demandándole un esfuerzo enorme al nuevo dueño, con el objetivo de arruinarlos con el costo de su mantenimiento.

Un elefante blanco es un modismo para expresar una posesión valiosa pero el costo de mantenimiento lo convierte en trágico para el propietario. Esta frase se usa en la actualidad para describir un objeto, o negocio inviable.

Con los dogmas y fundamentalismos nos pasa los mismo. Hay veces que la gente se aferra a muchos de ellos, los cuales fueron expuestos en otros contextos o realidades y para otras culturas, y algunos comerciantes de ideas o vendedores de elefantes blancos buscan por medio de esos dogmas conquistar fieles, pero a la larga, mantener esos fundamentalismos terminaran siendo una carga muy pesada para la sociedad. Por cierto, esta escenografía se completa con nosotros que parece ser que nos gusta que nos mientan, nos gusta que nos prometan. Aprendimos a crecer con el refrán que lo último que se pierde es la esperanza. Nos gusta aferrarnos a consignas vacías y a esperar que alguien o algo nos salve. En fin, a depositar en otro nuestra fe de estar mejor o culparlos si no vemos esas mejoras.