Otro golpe a Emergentes: la aversión al riesgo en los tiempos del Covid

Mientras Brasil, Rusia, India y México sufren una rápida propagación del Covid-19, una tercera ola de la pandemia llega al mundo emergente. Como resultado, el optimismo empresarial ha disminuido en marzo y abril en la región. Es más, a medida que las economías emergentes avanzan hacia restricciones más estrictas, la falta de movilidad va a pesar sobre las perspectivas económicas. De hecho, el FMI espera que estos países entren en una recesión de -1 por ciento en 2020, peor que en la crisis financiera de 2008.

Más allá de la pandemia, los mercados en desarrollo son particularmente frágiles, ya que otras dos perturbaciones están golpeando a la región. La primera fue el colapso de los precios mundiales del petróleo, que hizo bajar agresivamente los ingresos externos y fiscales de los exportadores emergentes de petróleo. Por si esto fuera poco, la rápida propagación del Covid-19 provocó un aumento repentino de la aversión al riesgo a nivel mundial y elevó los costes de financiación de los emergentes, dada su dependencia de la financiación externa y la imposibilidad de emitir moneda estable. Entre las economías emergentes, la región de América Latina es mucho más frágil, dado su rápido aumento de los niveles de deuda y su gran dependencia de las materias primas, así como de la financiación externa.

A medida que aumentan los riesgos en los mercados emergentes, la salida de capitales de las economías emergentes no tiene precedentes. Además, las exportaciones -especialmente las de productos básicos- se han derrumbado y los ingresos procedentes del turismo internacional se han reducido drásticamente a causa de las prohibiciones de viajar. En este contexto, el FMI estima que las necesidades de financiación brutas totales de los mercados emergentes podrían ascender a 2,5 billones de dólares.

La manera más rápida de que las economías emergentes se protejan de la crisis financiera externa es utilizar políticas internas, tanto monetarias como fiscales. Lamentablemente, el margen fiscal tiende a ser limitado. En cuanto a la política monetaria, la vinculación de la moneda al dólar en algunos países y el debilitamiento de las divisas por causa de la salida masiva de capitales en otros también han limitado el margen de maniobra. El atajo obvio es introducir controles de capital; sin embargo, con esas medidas se corre el riesgo de alejar inmediatamente a los inversores, con graves consecuencias para la liquidez y, posteriormente, para el crecimiento.

Por lo tanto, es necesario buscar otros instrumentos para hacer frente a los efectos del Covid-19, por ejemplo con la financiación en dólares, pero tampoco son adecuados. La primera línea de defensa son las reservas nacionales de divisas, pero esa garantía tiende a concentrarse sólo en Asia y Oriente Medio y pocas economías pueden afirmar con seguridad que sus reservas son suficientes. Otro instrumento son los planes de avales regionales, que también tienden a concentrarse en Asia, con un conjunto de líneas de intercambio bilateral desde la crisis financiera asiática de 1997 que se ha ido multilateralizando cada vez más. Por otra parte, otros mecanismos regionales de este tipo se han interrumpido después de que la crisis para la que se crearon desapareciera, lo que ha dejado a regiones problemáticas como América Latina desprotegidas.

Por su parte, la Fed ha ampliado sus líneas de intercambio bilateral existentes con un grupo selecto de bancos centrales. Sin embargo, sólo dos de los bancos centrales se encuentran en economías emergentes, Brasil y México con dos casos adicionales dependiendo de cómo se definan los mercados emergentes, a saber, Corea del Sur y Singapur. Con este fin, parece claro que la Reserva Federal no se convertirá en un prestamista de último recurso. Además, el mejor candidato para desempeñar ese papel -el FMI- sufre de una falta de recursos, lo que conlleva un riesgo importante en el que las economías emergentes más pequeñas, pero más pobres, no pueden acceder a la financiación del FMI en un momento en el que su deuda va en aumento.

Aparte de las repercusiones a corto plazo en la sostenibilidad fiscal y el acceso al dólar, el Covid19 también tendrá consecuencias estructurales importantes en las economías emergentes. Las interrupciones de suministro cuestionan el modelo de la cadena de valor mundial y su excesiva dependencia de China. En el último decenio, el mundo se ha vuelto más dependiente de las exportaciones chinas, pero la integración vertical del gigante asiático ha reducido su dependencia de los insumos extranjeros, lo que significa que el mundo está aún más expuesto a China. A la luz del importante riesgo de concentración, Gobiernos como el japonés y el estadounidense aconsejan a sus firmas que relocalicen o reubiquen su producción fuera de China.

América Latina es la región más débil por su alta deuda y por su dependencia en materias primas. La reorganización de las cadenas de valor ofrece oportunidades a estos países

Esa reorganización de las cadenas de valor mundiales ofrece oportunidades a algunos emergentes. Aparte de la deslocalización a la ASEAN, con Vietnam como principal ganador hasta ahora, se puede pensar en la deslocalización a México en beneficio de EEUU y Canadá y a Europa oriental para Europa septentrional y central. Dentro de Asia, India es probable que capture parte de la mano de obra intensiva de China. Para la fabricación de tecnología media y de capital intensivo, Tailandia está mejor posicionada gracias al mejor clima general de negocios, con Malasia también como fuerte competidor.

Otro cambio importante será la reducción de la movilidad de persona a persona con un impacto masivo en ciertos sectores, como las aerolíneas y el turismo, debido a los controles fronterizos más estrictos y a las restricciones de movilidad. Ello repercutirá en las economías emergentes que dependen en gran medida del turismo como fuente de ingresos y crecimiento, como Tailandia y Filipinas.

Por último, la competencia estratégica entre EEUU y China solo aumentará como consecuencia del Covid-19. De las disputas comerciales y tecnológicas, estamos pasando a nuevas áreas de confrontación, desde el conflicto diplomático sobre el papel de la OMS en la propagación de la pandemia, así como la de China, hasta la creciente disociación de la inversión y las finanzas. Sobre esta base, las posibilidades de coordinación de políticas a nivel mundial han tendido a ser bajas, lo que hace que la lucha contra la Covid-19 sea menos eficaz.

Además, un número cada vez mayor de países se verá obligado a tomar partido en un mundo que se dirige hacia una nueva forma de Guerra Fría.

(*) Publicado en El EConomista, España