Los aprietos con la independencia del Fed

Por Manuel Sánchez González (*)

Por segunda ocasión desde finales de 2008, la semana pasada el Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC) del Banco de la Reserva Federal de Estados Unidos redujo el intervalo objetivo de su tasa de interés de referencia en un cuarto de punto porcentual, para ubicarlo en 1.75-2.0 por ciento. Como en la oportunidad anterior, el contexto económico de la decisión fue peculiar, si se juzga a la luz del mandato dual de máximo empleo y estabilidad de precios que rige al Fed. Desde principios de 2018, la tasa de desempleo en ese país se ha ubicado cercana a los niveles mínimos de medio siglo, al tiempo que la inflación anual, medida con el Índice de precios de gastos de consumo personal, ha fluctuado alrededor del objetivo de 2.0 por ciento, con un promedio ligeramente inferior a esta meta.

La información anterior sugiere que el citado mandato se ha cumplido razonablemente, lo cual, en principio, excluiría la necesidad de algún aflojamiento monetario. Sin embargo, el FOMC determinó suavizar su posición con base en algunos datos coyunturales. Específicamente, a pesar de que, durante la primera mitad del año, la economía registró un crecimiento promedio anual de 2.5 por ciento, ritmo superior al considerado de largo plazo, en el segundo trimestre se observó una moderada contracción de la inversión fija de los negocios y una caída de las exportaciones. Según las explicaciones del presidente Powell, el menor vigor de estos componentes parece obedecer, principalmente, a la ralentización económica de Europa y China, así como la incertidumbre por las tensiones comerciales con esta nación.

En su opinión, los riesgos a la baja para las previsiones de crecimiento se han intensificado. Además, considera que las expectativas de inflación de largo plazo son bajas y su permanencia en tales niveles las puede conducir a ritmos aún menores.

De ahí que, una vez más, el FOMC haya buscado justificar el relajamiento monetario como una medida preventiva ante los riesgos, con el fin de apoyar la prolongación de la expansión económica.

La situación que enfrenta el Fed es especial también por otro motivo. El principal promotor de las tensiones comerciales ha sido el presidente Trump, quien por más de un año y con expresiones cada vez más agresivas, ha demandado a este banco central que lo apoye en su lucha comercial contra China, mediante acciones de estímulo.

Las exigencias presidenciales han incluido, entre otras medidas, recortes tempranos y sustanciales en la tasa de interés de referencia, niveles negativos para este instrumento, y reanudación de las compras a gran escala de activos financieros.

En su visión, estas acciones garantizarían un mayor crecimiento económico, así como el auge de las exportaciones y del mercado de valores. Empero, tales resultados no están asegurados, sobre todo, como fenómenos duraderos, al depender de múltiples factores, incluyendo el crecimiento económico mundial cuyas perspectivas parecen haberse debilitado.

En el presente contexto, el Fed se encuentra en aprietos. Mientras que, con razón, argumenta que la determinación de la política comercial es ajena a su quehacer, enfrenta la disyuntiva de buscar compensar el posible impacto de la escalada proteccionista o, bien, reconocer las limitaciones de la política monetaria y resistir ese intento.

Al favorecer la primera alternativa, este banco central ha optado por rescatar a Trump y condescender a sus solicitudes, lo que podría incentivar a éste a ampliar más la pugna comercial. Así, es posible que se esté sacrificando la independencia monetaria en aras de implicaciones políticas de corto plazo, lo que, obviamente, incluye los planes de reelección del presidente.

Si bien desde 1951, el Fed goza de autonomía respecto al Tesoro, en innumerables ocasiones se ha visto afectado por factores políticos, lo que ha puesto en entredicho su independencia en la práctica.

Los ejemplos abundan y destacan entre los más burdos el financiamiento monetario del déficit publico derivado de la guerra de Vietnam y el relajamiento previo a la relección de Nixon. Un caso reciente consiste en las compras masivas de activos respaldados por hipotecas para subsidiar el sector inmobiliario.

Una manera de aislarse de las influencias políticas es reduciendo la discrecionalidad del Fed y exigiendo un marco explícito que rija la conducción monetaria con un enfoque de largo plazo. Ello se fortalecería estableciendo como objetivo prioritario la estabilidad de precios, en sustitución del mandato dual, cuya existencia se ha prestado a la ambigüedad y ha limitado la rendición clara de cuentas.

(*) El autor es ex- subgobernador del Banco de México, publicado en El Financiero