La era dorada de la startup tecnológica se tambalea en la bolsa

Durante demasiado tiempo los inversores engordaron los unicornios tech sin distinguir entre chicha y limonada con la esperanza de haber apostado por caballos ganadores.

Demasiado capital prestado, demasiadas promesas, demasiados competidores y poca rentabilidad. Ha habido algún acierto este año y sonoros batacazos como los que se llevaron Uber y Lyft al aterrizar de cabeza. Síntoma de que la burbuja puede estallar.

Las dos compañías líderes del sector VTC en Estados Unidos se miraban de reojo en la carrera por irrumpir en la bolsa. Finalmente lo hizo Lyft el 29 de marzo, no sin antes advertir a sus inversores de que no generaría ganancias a corto plazo y que arrastraba pérdidas de 823 millones de euros del 2018. Una cantinela que se repite una y otra vez en Wall Street.

El 80 % de las starups que salieron a bolsa en el 2017 estaban en rojo; los inversores ya no toleran números negativos y largas esperas antes de ganar

En su segunda jornada ya perdía un 12 % al cierre. Hoy acumula una caída del 40 %. La decepción no solo rebajó la euforia por las tecnológicas, también sirvió como aviso para pesacadores: los mercados bursátiles serán implacables con las empresas que no garanticen rentabilidad en un período de tiempo razonable. Se acabaron los tiempos de vender expectativas y engordar el valor de las startups para hacer caja a corto plazo.

A pesar del precedente, Uber decidió no retrasar su estreno el 10 de mayo. Lo hizo presentando pérdidas de unos 1000 millones de dólares en sus cuentas. A pesar de ello, la empresa, valorada en 75.000 millones de dólares, fijó el precio de la acción en US$ 45, pero ni bien arrancó cayó por debajo de los US$ 42.

La compañía no hizo más que desinflarse en bolsa desde el primer día, hasta acumular bajadas del 20 %. Este miércoles volvió a caer (-0,79%) y cerró a us$29 dólares el papel, por lo que lleva acumulado un dcesplome de us$54.000 millones. Existen serias dudas sobre la rentabilidad de su modelo de negocio y el futuro de la firma, embarcada en una travesía sin fin de procesos legales, en varias partes del mundo.

Lo que está claro es que los accionistas ya no creen en el potencial y la magia de los unicornios (compañías que logran más de 1.000 millones de dólares en su primera etapa de captación de capital). Quieren ver resultados. Por eso la burbuja de las tecnológicas podría pincharse como lo hicieron las puntocom en el 2001, dejando por el camino pérdidas millonarias.

INVERSORES PRIVADOS

Si se tiene en cuenta que el 70 % de las startups tecnológicas que echan a rodar, acaban poniendo el cartel de cerrado, según CB Insights. La perspectiva de nuevos correctivos bursátiles está empujando a muchas firmas a buscar resguardo en inversores privados y retrasar su salida a bolsa. Nadie quiere convertirse en fiambre antes de poner sus cuentas en orden. Se acabaron los tiempos de salir en números rojos, como ocurrió en el 2017, cuando el 80 % del centenar de empresas que irrumpieron en la bolsa lo hicieron con pérdidas en el ejercicio previo. Algunos expertos estiman que la mayor parte de ellas están sobrevaloradas en un 50 %.

Cabify, especializada en los servicios de movilidad, tenía previsto seguir los pasos de Lyft y Uber, pero frenó en seco el proyecto bursátil. La compañía española camina hacia los ochos años de vida. Su esperado estreno en bolsa estaba previsto para este último trimestre del año, pero el castigo brutal al que se vieron sometidas sus vecinas estadounidenses la empujó a seguir en el llano hasta el 2020.

Necesita conseguir tiempo principalmente, para poder estrenar en el los paneles, sin pérdidas.

El éxito y el olvido en el mundo de las startups tecnológicas van de la mano. El trayecto entre esos dos puntos se acorta cada vez más. Lo que antes eran nichos inexplorados, ahora es la arena donde pelean compañías por el mismo cliente, con tecnologías similares y con un marco regulatorio mucho más fuerte del que había cuando las grandes bigtech como Amazon, Facebook o Alibaba dieron el salto (con números positivos en sus cuentas).

Los accionistas ya no creen en el potencial y la magia de los unicornios, compañías que logran más de 1.000 millones de dólares en su primera etapa de captación de capital. Quieren ver resultados.

Otras compañías, hoy rentables, como Twitter, tardaron hasta cinco años en arrojar beneficios desde su salida a bolsa. Eso hoy es impensable. Lo sabe bien Airbnb. La empresa de alquileres particulares está valorada en us$ 28.360 millones y ya es rentable, pero no quiere terminar arrastrada por la emergencia de otros competidores como Spotahome y los desafíos regulatorios a los que se enfrenta su negocio. Airbnb es otro de los casos que prefirió esperar al 2020 para salir a bolsa.

Lo hará con una oferta directa, sin la tradicional oferta pública inicial (OPI) que tan malos resultados ha dado este año. Demasiado tarde para Blue Apron. El unicornio de ingredientes y recetas a domicilio puso los pies en la tierra el pasado 30 de junio. Su valor cayó en bolsa un 26 % en su día de presentación en sociedad.

Este cóctel de circunstancias hace que muchos miren con recelo las oportunidades de algunos unicornios de devolver a corto o medio plazo las plusvalías a quienes se han esforzado por financiar la puesta a punto de estas empresas.

Algunas como Snapchat han reconocido abiertamente que «puede que nunca podamos alcanzar rentabilidad». La compañía de mensajería multimedia se anotó una exitosa salida a bolsa el 2 de marzo del 2017 empujada por la euforia inversora, la especulación y el moderado precio de sus acciones ( us%14,21 ).

Las cuentas no justificaban tal derroche de optimismo puesto que la firma acumulaba pérdidas de us$ 1.099 millones. Ese mismo año perdió más del doble y volvió a registrar un abultado déficit en el 2018. La compañía está lejos de su pico más alto de cotización (us$24,8). . «Nos hemos equivocado con su capacidad para innovar y mejorar sus productos publicitarios», admitieron desde Morgan Stanley. A diferencia de otras compañías que incurren en pérdidas porque invierten en expandirse, Snapchat tiene poco margen ahora que necesita defenderse de los zarpazos de Instagram. La aplicación adquirida por el propietario de Facebook, Mark Zuckerberg, podría borrarla del mapa.

Ahora que la política de bolsillos vacíos se está castigando en las Bolsas y los accionistas exigen menos humo y más billetes verdes de vuelta, las tecnológicas se han visto en la obligación de dar un paso atrás y justificar los agujeros en sus cuentas.

A WeWork logo is seen at a WeWork office in San Francisco, California, U.S. September 30, 2019. REUTERS/ Kate Munsch

El símbolo del fin de esta era dorada es WeWork. La empresa fundada por el excéntrico Adam Neumann en el 2010 recibió miles de millones de euros de inversores como Softbank para adquirir centenares de edificios con espacios de trabajo compartido en alquiler. Pero no hace más que desangrarse.

No sólo pierde dinero a raudales, también está en duda el liderazgo de Neumann. A pesar de tener menos valor en el mercado, su competidora suiza, IWG, encandiló a muchos inversores con su gestión rentable del negocio, demostrando que sí es posible sacar rendimiento a la inversión.

Sin embargo, la situación ha forzado el repliegue de la compañía, que descartó la idea de salir a bolsa por el miedo a estrellarse. Ha pasado de tener un valor en el mercado de 43.000 millones a coquetear con la bancarrota.

Para el analista jefe de Morgan Stanley, Mike Wilson, el caso de WeWork marcará un antes y un después en la historia de los unicornios tecnológicos: «En nuestra opinión, los días de capital generoso para negocios que no son rentables se han acabado», asegura. El efecto dominó está a punto de llevarse por delante a otras compañías cuyos pilares son igual de débiles. «Las áreas más especulativas y con precios más inapropiados del mercado se están empezando a descomponer», advierte.

Pinterest es de las pocas startups que sobreviven este año en la jungla bursátil. Desde mediados del mes de abril fue acumulando subidas, aunque empieza a mostrar signos de agotamiento. Sus acciones han perdido valor de forma progresiva desde su pico del 21 de agosto. No cabe duda de que Wall Street se cobrará nuevas víctimas.

La Voz de Galicia