Es momento de revisar costos, personalización y asesoramiento

Los gastos que erogan los inversores no sólo se encuentran en las comisiones directas que pagan cuando realizan una compra/venta de un título, sino también muchas veces existen gastos ocultos que son muy difíciles de rastrear. Ejemplos de estos son:

– Precios “sucios” de compra/venta: es frecuente que una entidad financiera adquiera títulos a un precio y se los revenda a sus clientes a un precio mayor, y le aplique además la comisión. Lo mismo sucede en el proceso de venta. Lo más redituable es cuando este tipo de operaciones se hace entre clientes (se tienen ambas puntas): a uno se le compra a un precio bajo y al otro se le vende a un precio más alto.

– Comisión anual de administración: cada vez es más común este tipo de comisión anual. En Argentina van del 1% anual para colocaciones en Letes en dólares, al 4% anual para cuentas administradas con colocaciones en acciones.

– Comisión de custodia: van del 0,3% anual en bancas privadas del exterior, al 0,6% anual para el caso de algunas sociedades de bolsa locales.

– Comisiones por cobro de cupones/intereses y dividendos: van del 0,7% al 4% del monto cobrado.

– Comisión mensual de mantenimiento de cuenta: En Argentina van desde los $50 hasta los $500 pesos por mes.

– Comisión por transferencia a caja de ahorro o cuenta corriente del cliente (en Argentina): en este caso hay sociedades de bolsa que bonifican este costo mientras que otras sólo buscan recuperar lo que les cobran sus bancos. Hay un tercer grupo que hace de éste un ingreso adicional.

Cabe destacar que una porción de todos los ingresos arriba detallados son para compensar los gastos operativos que tienen las entidades financieras. Cuantos más empleados intervienen, mayor es la incidencia de los costos que el inversor tendrá que pagar. Y acá es donde un grupo de sociedades de bolsa y bancos han visto oportunidades y empezaron a picar en punta en pos de diferenciarse de la competencia.

Durante el último año son varias las entidades financieras que han invertido, y mucho, en tecnología. Tanto para minimizar las “manos humanas” puertas adentro como también para brindarle al inversor una mejor experiencia. Esto está generando una caída de los costos de inversión en general, lo cual es muy beneficioso para sus clientes. El resultado es una migración de inversores hacia estas nuevas “empresas tecnológicas”.

El asesoramiento y la personalización cuestan: ¿qué resignar?

Un capítulo aparte es el asesoramiento financiero y el armado/gestión de una cartera personalizada de acuerdo a las características y necesidades del cliente. Para tener una referencia, en el mundo, la industria de servicios financieros considera que es redituable atender a un cliente de banca privada -brindándole un “servicio de asesoramiento VIP”- toda vez que le genere ingresos por más del 1,5% del valor de su cartera. Estamos hablando de clientes que tienen como mínimo una de cartera de u$s500.000, lo cual implica ingresos que parten de los u$s7.500 por año.

Dado que un mejor o peor asesoramiento es función de la experiencia+conocimiento que tiene el asesor y del tiempo que le brinda al cliente, cuanto mayor sea el tamaño de su cartera, mejor será la calidad del “asesoramiento VIP” que podrá exigir. Por el contrario, cuanto menor sea su cartera más cosas deberá resignar: personalización, tiempo, conocimiento y experiencia; debiese ser en este orden.

Está claro que un asesoramiento VIP no sólo puede contribuir a “pulverizar” hasta casi el 100% de los gastos arriba descriptos. También a evitar costos y pérdidas innecesarias debido a compras y/o ventas “emocionales” en contextos como los de este año en Argentina o, a tener en cuenta técnicas impositivas que contribuyan a seguir el camino menos gravoso desde el punto de vista fiscal, tan importante ahora con la incorporación del impuesto a la renta financiera.

Ahora bien, en lo que respecta a las finanzas personales, no hay nada peor que no hacer nada. Es más, ahorrar sin invertir es perder dinero, debido al efecto de la inflación (tanto en pesos como en dólares). Quizás es hasta mejor gastarlo y disfrutarlo. De ahí que perder “personalización” es lo menos malo: usar fondos de inversión, aunque caros, es mejor que no hacer nada.

Por el contrario, tomar decisiones emocionales es lo más gravoso o lo que mayores pérdidas le genera a los inversores. De ahí que es mucho más beneficioso para el pequeño inversor, pagarle a un buen asesor para que le brinde técnicas de inversión, le ayude a definir y mantener un rumbo -aún en contextos difíciles- y le indique cuando sea necesario re-balancear su cartera toda vez que se aleje del objetivo o cuando existan fondos de inversión más baratos o mejores para alcanzarlo.

Obviamente, la clave pasa por tener un asesor que trabaja buscando sólo el interés de sus clientes y que sólo recibe ingresos de parte de éstos. Esto es lo que jamás debiese resignarse.