Construir moneda sin ahogar la producción es una deuda histórica

El que menos crece, el que más inflación tiene, el que más recesiones vivió, el de mayor pass through, el de mayor deuda en dólares como porcentaje de deuda total, etc. Argentina es, en términos económicos, un “outlier”, un valor extremo, una excepción.

Así comienza un documento de Ecolatina con una revisión de la política económica y las decisiones de los ahorristas, en la Argentina de las últimas siete décadas.

Construir moneda sin ahogar la producción es una deuda histórica, según Ecolatina. Argentina es, en términos económicos, un valor extremo, una excepción.

“No sería correcto intentar explicar todas estas maldiciones en base a un único argumento, pero detrás de buena parte de estas particularidades se esconde, entre muchas otras cosas, el hecho de que el argentino no confía en su moneda. Razones no le faltan”, dice el paper. Que continúa de la siguiente manera:

La historia de las últimas siete décadas

Imaginemos un argentino de 65 años que ahorró toda su vida en algún instrumento en pesos. A los 35 años la hiperinflación le quito valor casi por completo a sus primeros ahorros y lo que quedó fue parte del canje compulsivo que significó el plan BONEX.

Diez años después, lo ahorrado durante la convertibilidad quedó dentro de los limites del corralito y el salto cambiario y posterior aceleración inflacionaria le quitó poder de compra a ese inmovilizado ahorro. Una vez superado ese episodio y durante los últimos quince años las tasas de interés que recibió por lo que quedaba de sus ahorros fue sistemática y significativamente menor a la inflación.

Es decir, haber ahorrado en pesos fue una pésima decisión financiera, lo cual explica el poco apego del argentino promedio a su propia moneda.

Si los argentinos demandaran su moneda como una herramienta de ahorro pensarían en pesos, valuarían sus bienes en pesos y dejarían de tomar decisiones basados en la evolución del tipo de cambio. De esta manera desacoplarían la evolución de la inflación y la depreciación de la moneda, como sucede en la mayoría de los países de la región. Al mismo tiempo, demandar la moneda local generaría un mercado de crédito mucho más amplio que el que actualmente tenemos, posibilitando que las empresas se endeuden para financiar inversiones y, más importante en el actual contexto, el gobierno logre endeudarse en pesos a mediano plazo y no deba hacerlo en moneda extranjera. Estas son solo dos externalidades positivas de una lista mucho más larga.

Es razonable que el peso no sea una moneda confiable para los argentinos

¿Cuáles son los incentivos de los agentes económicos locales para demandar su propia moneda? Los bienes están nominados en pesos, pero la “demanda transaccional” no es suficiente para darle valor a una moneda. Se necesita que esta pueda mantener su valor en el tiempo o por lo menos que la retribución por prestarla (la tasa de interés) sea mayor a su desvalorización (la inflación), es decir, que la tasa de interés real sea positiva. En el caso de Argentina, lo normal es que esto no suceda.
En el siguiente gráfico se puede apreciar la tasa de interés real (entendida como la tasa real de un plazo fijo a 30 días anualizada) en Argentina y en Chile. El comportamiento es evidente. En Chile durante el 70% de los últimos 30 años la tasa fue positiva y no hubo periodos largos con tasas sistemáticamente negativas ni meses puntuales con niveles demasiado bajos. Como se observa en el gráfico, desde mediados de la década de 1990 y hasta comienzos de los 2000 la tasa es casi continuamente positiva.

La historia de Argentina fue distinta

En nuestro país, sólo logramos sostener tasas positivas durante la convertibilidad, al mismo tiempo que incubábamos problemas mucho graves. Una vez superada la crisis de 2001 las tasas se volvieron claramente negativas llegando a mostrar mínimos de -40% real. Aquel que puso un plazo fijo por $100 a comienzos de ese año y lo renovó mes a mes perdió 74% del valor real de su inversión, si lo hubiera hecho en Chile disfrutaría de una ganancia de 13%. La diferencia es sustancial.
¿Cómo se explica que el actual gobierno, que se manifestó en muchas ocasiones como un defensor de las tasas de interés positivas, no haya podido revertir la situación?

La clave está en la diferencia

La clave está en la diferencia entre la tasa real observada (ex post) y la que se esperaba en el momento de armar el plazo fijo (ex ante). Imaginen que a un individuo se le ofrece una tasa que mensualmente paga 2% de interés nominal, es razonable pensar que aceptará la oferta si cree que la inflación estará debajo de ese valor, pero si la inflación que él esperaba (ex ante) resulta menor que la inflación observada (ex post) la tasa será negativa. Dado que durante los últimos años la inflación sistemáticamente sorprendió por lo alto, la tasa observada terminó siendo negativa.

Este pasaje desde la ilusión al desencanto no es gratuito. Los agentes, habiendo sido decepcionados durante los últimos años, exigen tasas más altas para asegurarse que esta vez será diferente y que le ganarán a la inflación, más aún en un contexto de incertidumbre electoral como el actual.

Se necesitan tasas positivas, pero no tan altas

La tasa de interés real de julio (usando la inflación que arroja el IPC Ecolatina, 2,4%) fue cercana al 11% anualizada y creciendo en relación al 9% de junio al 5% de mayo o al -3% de abril. En la medida que la inflación vaya desacelerando es probable que la tasa real continúe creciendo. Recién bajaría de forma significativa luego de las elecciones y solo en la medida que el mercado crea en el equipo económico.

El próximo gobierno deberá buscar un equilibrio que pocas veces se encontró en los últimos 30 años. Argentina necesita confiar en su moneda y para eso deberá generar incentivos.

Luego de décadas de desconfianza estos incentivos deberán ser significativos y es por esto que la tasa real debería ser claramente positiva, pero al mismo tiempo, no debería ahogar al entramado productivo en un contexto que posiblemente sea complejo.

Es decir, no debería caer en la tasa real de 6,1% promedio de la convertibilidad, ni en el -7,2% del periodo 2003-2019. Encontrar este equilibrio es tan necesario como complejo, especialmente para un país más acostumbrado a virar de un extremo a extremo que a la sintonía fina.