Alfredo Piano y sus hijos –Juan José y Arturo- cuentan los secretos para crecer con una compañía familiar. Cómo fue el paso de casa de cambio a banca universal.
Entrevista: Pablo Wende – Fotos: Rosana Schoijett
Soy el único banquero del mundo que atiende en el mostrador.
Corría el primer trimestre de 2002 y la City porteña era un verdadero caos. Los ahorristas reclamaban sus ahorros y el dólar paraba sin cesar. Pero un banquero seguía firme, con las puertas abiertas y atendiendo uno a uno a los clientes. Se trataba de Alfredo Piano, que se transformó en aquel entonces casi en un vocero oficial. Desde su entidad, y ante las incesantes consultas de movileros de radio y televisión, buscaba llevar calma a la gente y aseguraba que el tipo de cambio no podía crecer hasta el infinito.
A casi nueve años de aquel episodio, y a sus 79 don Alfredo continúa atendiendo en el mostrador como entonces. Aclara, eso sí, que ahora precisa un banquito para no cansarse demasiado.
“Dar la cara en ese momento era muy importante. Para la gente era fundamental ver que el dueño del banco seguía firme, que no se había ido a ningún lado”, recuerda Piano con una sonrisa.
Los carteles pegados en la casa central dejan en claro que se trata de un banco atendido por sus dueños. “Señor cliente. No hace falta consultar nuestros precios. Siempre son mejores o iguales que los de nuestra competencia” reza uno con letras de molde ni bien se ingresa. “De acá, nadie se va sin hacer el negocio que vino a buscar”, explica Alfredo casi como una definición de principios.
Las largas colas para realizar operaciones de cambio en Banco Piano son una postal de la City porteña. Pero aunque su fachada casi no tuvo cambios visibles en décadas, la institución cambió y mucho. De la mano de dos de sus hijos, Juan José Piano (53 años, vicepresidente) y Arturo Piano (51 años, director ejecutivo), la entidad atravesó un fuerte proceso de aggiornamiento y expansión, que la llevó mucho más allá del tradicional negocio de cambio de monedas o compra de oro.
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