Escribe: Martin Redrado
El Banco Central ha cumplido un rol clave al brindar estabilidad monetaria y financiera a los argentinos en tiempos turbulentos, funcionando por primera vez en décadas como un verdadero estabilizador para la economía.
Cada uno de los cuatro pilares fundamentales sobre los que se asienta nuestra política –junto con su propia interacción– ha sido funcional a este inédito logro, contrastando con un pasado donde cada episodio de volatilidad externa desestabilizaba completamente a la economía local.
Los mecanismos para asegurar la plena convergencia entre oferta y demanda en el mercado de dinero, el esquema de tipo de cambio flotante administrado, las políticas anticíclicas para minimizar la vulnerabilidad externa y el marco regulatorio que priorizó (y propició) la construcción de colchones de liquidez y solvencia (la fenomenal capacidad de absorción que mostró el sistema, actuando como “amortiguador” durante la crisis internacional más severa de los últimos 80 años) han probado ser eficientes y adecuados para esta etapa. Especialmente si tenemos en cuenta el funcionamiento por el que transita la economía argentina, el tipo de shock a los que está expuesta y los instrumentos con los que contamos para cumplir con nuestros objetivos. Más aún: estos atributos del esquema monetario-financiero han sido los que –en mayor o menor grado y bajo diferentes formatos en función de las particularidades de cada economía– aplicó el conjunto de países emergentes. Esto, al fin y al cabo, permitió minimizar los efectos de la crisis sobre la economía global. De hecho, esta crisis internacional y las respuestas de política monetaria han creado cierta brecha entre la literatura y la praxis, que desde Basilea y otros centros de estudio teórico y práctico se está procurando zanjar. Un ejemplo de ello reside en que los esquemas basados en la tasa de interés como único instrumento han sido insuficientes para lidiar con eventos de este calibre.
Hacia adelante, estamos concentrados en profundizar y calibrar cada uno de estos cuatro pilares, adaptándolos al nuevo contexto, al tiempo que continuamos profundizando los canales de transmisión de la política monetaria para aumentar su incidencia en la administración de fluctuaciones en la demanda agregada. Contar con mecanismos de transmisión más profundos nos permitirá ganar flexibilidad en la utilización de nuestras herramientas. Para ello, el haber atravesado con éxito períodos de turbulencia también ha sido clave. La permanencia y estabilidad en el tiempo de las políticas permitirá que las conductas de los agentes económicos se familiaricen con elementos como el esquema de flotación cambiaria o los distintos mecanismos de absorción monetaria. Esta construcción de credibilidad no ocurre de un día para el otro; en especial en la Argentina, con tantos años de esquemas de tipo de cambio fijo seguidos de fuertes devaluaciones y procesos de dolarización. No obstante, el haber superado estas pruebas –aun bajo expectativas notoriamente negativas– ha acelerado el proceso, lo cual aumenta el poder de nuestras herramientas de política.
Asimismo, profundizar la intermediación entre el ahorro y la inversión a través del mercado de crédito domina la agenda de los próximos cinco años. De hecho, esta esfera constituye una de las principales vías de comunicación entre el sistema y la economía real y la piedra angular donde convergen nuestra política monetaria y nuestra política financiera. Ampliar el acceso de toda la población a los servicios financieros y al crédito es una cuestión crítica para cimentar el proceso de crecimiento económico sustentable con inclusión social. En ese sentido, la agenda no es abstracta, sino concreta, y se sostiene en cuatro ejes:
- Bancarización de la población y expansión de la infraestructura financiera. La cobertura de servicios ha crecido en los últimos años pero es insuficiente. Debe comprender a toda la población, promoviendo nuevos canales de acceso y mayor alcance geográfico. Las medidas deben incluir lo siguiente: estímulos al uso de la banca electrónica, particularmente a través de la telefonía móvil; nuevos canales de comercialización de los servicios bancarios mediante cadenas de consumo masivo (supermercados, casas de electrodomésticos, agencias de correo, entre otros); reducción de los costos de los mecanismos de pago electrónicos, disminuyendo los pagos que los comercios deben hacer a intermediarios y bancos emisores.
- Impulsar el crédito a familias y empresas. El Banco Central seguirá focalizando su normativa para que el sistema cumpla su misión fundamental, que es canalizar el ahorro del público hacia el crédito productivo. Se implementarán mecanismos que permitan cubrir los riesgos de liquidez y tasa de interés –cuya magnitud muchas veces inhibe el crecimiento del crédito–, extendiendo los plazos en las operaciones de futuro de tasa de interés, implementando la llamada “función giro” para los swaps de tasa de interés e impulsando la ley de netting para facilitar la compensación de derivados pendientes de liquidación. La necesidad de muchas pymes de contar con garantías suficientes para acceder al crédito exige incrementar los recursos financieros de las Sociedades de Garantía Recíproca (SGR) y fomentar la creación de SGR “de segundo piso”. Como un mecanismo adicional para acotar los riesgos de los oferentes de préstamos con destino a la producción, se flexibilizarán las regulaciones para el desarrollo de seguros de crédito sobre líneas de financiamiento, considerando esquemas como el que lleva adelante el BNDES en Brasil, que ofrece un seguro al fondear a otros bancos para que otorguen crédito. Asimismo, los problemas de información son una barrera que se erige entre quienes ofrecen y demandan crédito: para ello, el Banco Central proyecta poner en marcha una central de balances de empresas, disminuyendo los costos bancarios a la hora de otorgar y monitorear préstamos, así como implementar una encuesta de condiciones crediticias, para hacer un seguimiento exhaustivo de las necesidades de este mercado.
- Fortalecer la sinergia entre el mercado de crédito y el mercado de capitales. Los bancos y el mercado de capitales son complementos (no sustitutos), y sus funciones pueden cumplirse de manera más efectiva si se potencian mutuamente. Así, en el mercado de capitales pueden desarrollarse instrumentos para alargar los plazos de fondeo de los bancos, impulsando el crédito de mayor madurez, a través de instrumentos como los covered bonds (deuda cubierta con un pool de créditos que permanece en los balances de los bancos) y los warrants con negociación en bolsa (títulos con garantía respaldada por mercadería almacenada). A su vez, el mercado de capitales, apto para captar inversores con diversos perfiles de riesgo, puede hacer mucho por dinamizar el crédito a las pymes aportando financiamiento y liquidez, creando fondos de inversión especializados en este segmento, o habilitando la figura del creador de mercado para entes oficiales.
- Consolidar los estándares de gestión de riesgos y administración de liquidez en las entidades financieras. Junto con el papel esencial de regular los riesgos a un nivel macroprudencial –no sólo de cada banco en particular, sino del sistema financiero y la interacción con la macro en su conjunto– que cumplen el marco normativo y la actividad de supervisión del Banco Central, se encuentran las prácticas de gobierno corporativo y gestión de riesgos de las propias entidades financieras. Se trata aquí de establecer un marco sólido para la gestión de riesgos de crédito, mercado, tasa de interés y liquidez, así como para la realización de pruebas de estrés. Los recientes sucesos internacionales son elocuentes en cuanto a la necesidad de atender estas facetas del funcionamiento del sistema bancario.
En síntesis, esta agenda apunta a que el vínculo entre ahorro e inversión, a través del crédito, pueda dar un verdadero “salto” de calidad y cantidad, apuntalando el crecimiento económico de la Argentina de manera sostenible. El objetivo es que, en cinco años, la relación crédito/PBI prácticamente se duplique, desde el actual 13% al 26% en 2016 (recordemos que era 8,5% en 2004). Por cierto, nada de esto será posible sin un horizonte previsible de largo plazo, sobre el cual se formulen los planes de consumo e inversión; para ello, es fundamental contar con una moneda local que conserve su poder adquisitivo a través del tiempo. Es ésta una responsabilidad compartida por la política fiscal, la de ingresos y el trabajo que ya viene realizando la política monetaria para asegurar de un modo coordinado que el crecimiento sustentable sea la realidad cotidiana de todos los argentinos.
Martín Redrado
Columnista invitado




