En los últimos dos años, la economía recibió dos fuertes shocks negativos. En 2008 la golpeó una tremenda fuga de capitales disparada por la crisis con el campo y el manotazo oficial a los fondos en las AFJP. En 2009 sigue la fuga y además se sufre un colapso exportador por la caída de precios internacionales, la sequía y la recesión mundial.
Adicionalmente, desapareció Venezuela como prestamista de primera instancia del fisco. La fuga de capitales superó en 2008 los US$ 21.000 millones y ya lleva US$ 6.000 M en los primeros cuatro meses de 2009. Por su parte, la hecatombe exportadora generará este año una pérdida de divisas del orden de los US$ 20.000 M.
Cuando en la Argentina se desata una fuga masiva de capitales y/o se registra un colapso exportador, es casi imposible que la economía no entre en recesión y caiga el nivel de actividad. En estos contextos, la recesión es el “mal menor” porque está siempre latente la probabilidad de que los mazazos generen cimbronazos en los mercados financieros.
La fuga de capitales y el colapso exportador secan la economía y reducen la liquidez. Son dólares que dejan de alimentar el circuito monetario. Hay menos plata en la calle, se frena el crédito, hay que pagar cash sin financiamiento comercial, pierde fluidez la cadena de pagos, aumenta la morosidad.
Tres trimestres de caída
Ya en el cuarto trimestre de 2008 el PBI se dio un porrazo muy fuerte. El primer semestre de 2009 confirma la recesión. El nivel de actividad cae por tres trimestres consecutivos, aunque sin desmoronamiento. Fue un derrape al que le sigue un parate. Como se viene de un boom previo de los años anteriores, las caídas duelen menos.
La recesión se arraiga al ritmo de la desmonetización real de la economía y de la menor exportación. El meollo es que el Banco Central compra dólares a cuentagotas o incluso tiene que vender. Hasta que no se revierta este mar de fondo macro, la recesión es lo más probable. La presión en el mercado cambiario puede ser relativamente manejada en el corto plazo por el BCRA vendiendo dólares porque hay reservas. Pero es una política cambiaria que absorbe pesos y, por lo tanto, alimenta la recesión.
La recesión actual tiene cosas de la de 1995 y otras de 1999. De 1995 se repite el proceso de desmonetización de la economía. No hay corrida sobre los depósitos pero sí desmonetización real porque los depósitos crecen menos que la inflación. De 1999 se repite el shock externo negativo. Aquella vez fue la devaluación de Brasil y hoy es la caída de los precios internacionales.
En 1995 y 1999 el PBI cayó entre 2,5 y 3,5%, con caídas más fuertes en la producción industrial, la construcción y el comercio. En 2009 va a suceder algo parecido. 2009 será una mezcla de 1995 y 1999. El peor escenario sería que en vez de una mezcla de ambos fuera un ajuste aditivo.
La pregunta que sigue es sobre el momento post-elecciones y el 2010. ¿Será como 1996 (de recuperación rápida y fuerte) o como el 2000 (con la economía trabada y sin salida)? La clave para dar una respuesta es prever si desaparecerán o no las dos causas que provocan la actual recesión.
En 1996, la economía salió rápido y vigorosamente de la recesión del tequila porque desa – pareció la causa básica desencadenante, la salida de los depósitos. Hacia mediados de 1995 los depósitos empezaron a volver y hacia fin de año habían retornado todo lo que se había ido. Por el contrario, en el 2000 la economía quedó entrampada en un círculo vicioso y no tuvo fuerza suficiente para salir porque la causa principal de la recesión no desapareció: el shock externo afectó la competitividad y, en el marco rígido de la convertibilidad, este déficit no se corrigió.
Hacer desaparecer las causas de la recesión de 2009 requiere dos cosas: que repunten las exportaciones y que cese la fuga de capitales. Esta doble exigencia pone de manifiesto la complejidad de la salida.
Que repunten las exportaciones depende en gran medida de cómo siga la economía mundial. Se pueden ensayar algunas medidas internas pero el nudo a desatar es exógeno. Algo que sí está al alcance de la política económica local es incentivar la cosecha. El campo fue y sigue siendo una variable macroeconómica fundamental. Como es por lejos el principal generador de divisas, es una pieza central para que el BCRA compre dólares y para recomponer la liquidez. Sin el boom del campo, el PBI no hubiera crecido lo que creció entre 2003 y 2008. El valor de la producción del agro (el precio internacional por la cantidad producida) será piedra angular de la economía en 2010. Históricamente en la Argentina, el campo es capaz de sacar a la economía de un mal momento con una buena cosecha o de complicarle más las cosas con una mala.
Por su parte, para que cese la fuga de capitales habrá que generar credibilidad interna. Hay condimentos internacionales que influyen en la dolarización de portafolios porque no da lo mismo que los mercados internacionales estén bien a que estén tensos y volátiles. Pero por más que el mundo mejore, hay instalado un proceso endógeno de dolarización estructural. Que pare la fuga depende crucialmente de que se recomponga la confianza a partir de un programa económico restaurador de horizonte y de certidumbre.
En la medida en que el mar de fondo de la macro no cambie, en especial que siga fuerte la fuga de capitales, no puede descartarse que la recesión se prolongue en 2010. Una recesión persistente puede, con el paso del tiempo, ir gestando deterioros que terminen metiendo a la economía en un círculo vicioso que, a la larga, se corra del plano real al financiero y que la recesión termine en una crisis más seria. El Gobierno está todavía a tiempo de cambiar el rumbo pero debe actuar en varios frentes poco después de las elecciones.




