
Cuando Nicholas Brady anunció el plan de reestructuración de la deuda externa de los países emergentes que llevaría su nombre en marzo de 1989, la Argentina transitaba otro capítulo aciago de su historia económica y política: mientras que al gobierno de Raúl Alfonsín el poder ya se le había escurrido de las manos, la economía se aprestaba a experimentar una recesión del 6% y la inflación ascendería a 4924% anual. El PBI per cápita había descendido de 7418 a 2600 dólares en una década.
En el think tank Brookings Institution de Washington, Brady dijo el 10 de marzo de 1989 que había que “asegurar que los beneficios estén a disposición de cualquier nación deudora que demuestre con normas adecuadas de política económica”, además de “renovar las esperanzas del pueblo y los dirigentes de las naciones deudoras para que sus sacrificios den lugar a una mayor prosperidad en el presente y de un futuro libre de la carga de la deuda”.
El mundo en desarrollo cargaba con una deuda de US$ 150.000 millones con los bancos y el plan del secretario del Tesoro de George Bush apuntaba a refinanciarla en un plazo de 17 a 30 años con una quita, a cambio de una garantía similar a la suma renegociada a través de un bono del propio Tesoro con cupón cero.
La Argentina fue el quinto país en ingresar en este esquema luego de México, Costa Rica, Venezuela y Uruguay. El tiempo transcurrido desde el inicio de la negociación hasta el cierre del acuerdo se basó en un factor casi inalterable entre el país y sus acreedores a través de la historia: la desconfianza en la sustentabilidad del crecimiento económico y las reglas de juego.
Hacia el Consenso de Washington
Aun cuando Menem había dejado atrás su imagen de caudillo populista con el plan patrocinado por el grupo Bunge & Born, Estados Unidos quería comprobar si el nuevo presidente podía estar a tono con la estrategia del “Consenso de Washington” que proclamaba la apertura económica, privatizaciones, equilibrio fiscal y tipo de cambio competitivo, entre otras condiciones.
La Argentina no pagaba sus deudas en forma regular desde finales de la dictadura militar y, como otros países latinoamericanos, había sufrido por el bajo nivel de crecimiento y los malos niveles en los términos de intercambio. Cuando ya habían pasado dos hiperinflaciones, Domingo Cavallo llegó para aplicar el plan de convertibilidad y renegociar US$ 28.800 millones a través del Brady, acompañado
en la estrategia política por el abogado Horacio Liendo y en la financiera por el economista Daniel Marx. El tipo de cambio fijo se demoró en ganar admiradores en el exterior,salvo Terrence Checki, el funcionario de laReserva Federal de Nueva York encargado de monitorear de cerca la evolución de estas complejas negociaciones que transferirían ladeuda que estaba en poder de los bancos comerciales a miles de bonistas esparcidos en todo el mundo.
Checki y el subsecretario del Tesoro, David Mulford, fueron los encargados de mediar entre la Argentina y los acreedores privados. El país arrancó ofreciendo dos tipos de bonos (Par y Discount) y ningún pago en efectivo, pero tuvo que presentar una suma inicial de US$ 750 millones y bajar el promedio de pago de 15 a 10 años para que sus acreedores aceptaran. Las negociaciones se sellaron el 7 de abril de 1992 en Santo Domingo, en un hotel donde Marx, Liendo y el tercer negociador, Rafael Iniesta, estaban en un cuarto intercambiando mensajes con los representantes del comité de acreedores. El FMI se comprometía a desembolsar US$ 2945 millones en un programa de facilidades extendidas para apoyar este plan junto con dinero aportado por Japón y EE.UU.– que contenía una quita del 35% del valor nominal y una proyección demasiado optimista sobre la evolución de la deuda: se preveían US$ 60.250 millones para el año 2000 (37.800 millones en pasivos del sector
público y 22.450 millones del sector privado), pero la realidad la triplicó: 120.000 millones del Estado y 58.000 millones de las empresas.
Una euforia efímera
Pero en aquel momento todo era euforia. Mulford, que mantendría su vínculo inquebrantable con Cavallo al punto de proponerle el costoso “megacanje” del 2001, afirmaba: “Me saco el sombrero ante la política económica de Menem y la visión y capacidad de Cavallo para llevar adelante esta exitosa negociación con los bancos”.
Los contratos se firmaron a fin de año en Buenos Aires (así los acreedores pudieron ahorrarse unos US$ 100 millones en impuestos) y en abril del año siguiente se llevaba adelante el canje; el 35% optó por los Discounts y el 65% por los Pares.
La Argentina se encaminaba a ser la niña mimada de la región al regularizar su situación externa y liderar la política de privatizaciones.
Pero la excesiva indisciplina fiscal para un esquema cambiario tan rígido y la fuerte suba del dólar frente a otras monedas a partir de 1995 fueron evaporando los sueños de una solución para la deuda, mientras los indicadores sociales empeoraban. En 1999 el país ya había entrado en recesión y diez años más tarde, ya sin convertibilidad y con un default parcial todavía a cuestas, sigue sin encontrarle
el rumbo a esta pesada carga financiera.





Pensar que ahora el salvataje lo tiene EE.UU.
Como da vueltas la vida junto con la economía
Hola como va, somos Gacetabicentenario, una revista en la cual intentamos expresar desaprendiendo el discurso oficial. Simplemente deciles que utilizamos pate de su nota, por la claridad en su expresión, para darle el cierre a la cuarta parte de nuestra investigación sobre la deuda, trabajar en conjunto es parte de le transformación.
Nosotros tampoco negociamos la informacion con nadie es decir que de alguna manera vamos por el mismo camino.Y estoy completamente seguro que van por mucho mas que dos años.
Walter. http://www.gacetabicentenario.com.ar
La deuda externa es una trampa, ya que está hecha deliberadamente para que no se pueda pagar y de esa manera establecer una tutela sobre los países emergentes condicionando su desarrollo en beneficio de los países centrales. La globalización es el nuevo nombre del neocolonialismo y la deuda externa es su instrumento. Por la deuda externa, Argentina esta permanentemente obligada a tomar decisiones contrarias a sus intereses, y perjudiciales para sus habitantes. Sometida a la usura de la banca internacional, Argentina se vio obligada a adoptar el actual modelo económico, privatizar las empresas públicas, vender y desnacionalizar todos sus bienes, y desviar a las AFJP los fondos de las jubilaciones, condenado de esta manera a la miseria a toda una generación de jubilados.
La deuda externa actual es de 195 MIL MILLONES DE DÓLARES, que equivalen a que cada niño argentino que nace debe 5.400 dólares, que cada argentino debería pagar 28 dólares mensuales durante toda la vida solo por los intereses, que cada familia tipo argentina debe 22.000 dólares. Equivale también a un año de toda la producción y el trabajo de todos los argentinos y a ocho años de todas las exportaciones argentinas.
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